Cuando los abuelos estorban
Por
Humberto Mendieta
Que la Unesco tenga piedad de nosotros y por esta vez, de nuevo, nos perdone. Porque si alguno de los expertos vino a la Batalla de Flores debió sentir un profundo arrepentimiento de haber dado el aval para que este Carnaval en Barranquilla sea Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, un título que ha servido para el mercadeo de la ciudad y de decenas de empresarios. Y para que la fiesta crezca en otros espacios, como lo ha hecho exitosamente.
Pero no hay derecho a que cada año se repita la historia y la Fundación Carnaval de Barranquilla diga que sí, que es verdad, que los artistas de la televisión nacional, que los tráileres, que la gente chic divinamente paseándose para que la vean sin ninguna participación activa, quitándole el puesto a quien bien se lo merece y lo ha cultivado por centurias, noches de desvelo y ahorros de donde no tiene. Que no saben cómo pasó. Cuando es la Fundación la que organiza todo.
Toda esa carreta del patrimonio no sirve para nada si no hay reglamentación y rigor en el cumplimiento de las normas que se deben imponer. Porque aquí lo que se evidencia es un tráfico de influencias de amigotes ‘tomatrago’ y esnobistas que quieren salir en el evento menos técnico de la festividad, pero más apetecido como vitrina y a la que tienen derecho quienes lo trabajan. Sí, ya sabemos que la declaratoria de Patrimonio es precisamente para eso, para protegernos del riesgo, para salvaguardarnos. Solo que no hay control.
¿Cuánto visitante pensará que esta es una estofa de pantalleros?, ¿que es una feria de camiones? De músicas diversas sí, pero amparadas por el espíritu de una ciudad que se precia de open mind y por eso deja que todo pase. Inclusive que un gigantesco parlante reguetonero se trague de un zarpazo con sus 30 mil decibeles a un glorioso millo. Ni siquiera es una discusión de clases. Y va un ejemplo: Los Gorilas son una reconocida familia, participan bien y seguro no tienen que acudir a argucia social alguna para estar donde están.
Es necesaria la reglamentación del Carnaval para que quienes intervengan cumplan con las funciones y competencias. Hay que ver el poder que genera el Carnaval y el manejo manipulador de los medios de comunicación diciendo casi siempre que todo fue esplendoroso. En realidad es fantástico como evento general, y por eso lo peleamos aquí. Recordemos que cada año la Unesco nos vigila. No nos sorprenda una notificación que desmorone lo construido.
Pero también hay que resaltar el Carnaval del Suroccidente, la Noche de Tambó, el de la 17 y la 44 como espacios de inclusión. Y este año el golazo en el Romelio con Festicarnaval, un rescate oportuno de nuestra música raizal.
Si no hubiese sido por esta tradición, el único abolengo que tenemos los barranquilleros no existiría. Pero aquí pasa como cuando los abuelos estorban y son recluidos en un cuarto de San Alejo o en un asilo para ocultarlos por su vejez, por inoportunos y auténticos. Por su hedor o sus manías. O porque se beben sus rones detrás de la puerta y a la nieta adolescente de la casa la avergüenzan delante de sus nuevos mejores amigos.
Y se olvidan que fueron esos abuelos los que construyeron todo. Para un páter familia del Carnaval, es decir un centenario grupo como la Danza del Congo Grande o El Torito, o cualquiera de los emblemáticos, desfilar a las 8 de la noche en la Batalla de Flores es el solitario y frío asilo. A pan y agua.



